Fabienne
Dennis y Mae son los culpables. Estábamos en el Rialto, tomando el lunch, cuando Mae lanzó su perorata sobre la ley de la atracción. Yo no estaba muy atento, más bien un poco distraído, pero después de tanta cháchara sobre los mágicos poderes de la voluntad, terminé soplándome la teoría aquella de que si pides un deseo fervientemente, acaba por cumplirse.
¿No lo has intentado?, me preguntó Dennis con su afectado estilo de genio depresivo, y dije que no, que la vida me iba bien, que a ciencia cierta, no había nada que echara en falta.
Dennis y Mae se miraron fijamente y comenzaron a reír.
-Eres, ni más ni menos, que un corazón sencillo. Todo mundo necesita algo, nadie está completo. De lo contrario, seríamos como animales: sin sueños, sin anhelos, sin aspiraciones -dijo Mae, y yo preferí no responder. Me quedé mirando el asado de cordero que ya no me apetecía, y me serví otro vaso de agua Evian.
-Deberías hacer la prueba. Te voy a decir algo. Mi vida era una mierda total hasta que leí
El secreto -dijo Dennis.
-Yo vi la peli -acotó Mae.
-Y no sabes lo bien que me hizo. Dejé de salir con los tipos equivocados, conocí a Julian, y después me llegó la fortuna a carretadas. ¿Recuerdas el departamentucho de Alphabet City en que vivía, lo bajo que caí? ¿Llevas la cuenta de todos los préstamos que me hiciste? -Cuatro en total, pensé, digamos tres mil seiscientos dólares que, por cierto, nunca me pagaste-. Pues mírame ahora. Próspero, tranquilo, radiante.
-A mí se me cumplió todo. Absolutamente todo. Pero no voy a dar detalles. Las chicas somos muy discretas... -dijo Mae, y yo no pude más que sonreír. Atendí el Blackberry, era Griffin Parks. Quería tratar ciertos detalles sobre la exposición que iba a montar en Atellier.
-Si quieres, te llevo el libro a la galería -propuso Dennis.
-O te paso el DVD -sugirió Mae, pero tampoco respondí. Me levanté, dejé cien dólares y salí al Soho.
La caminata me sentó bien. De Elizabeth me fui andando todo Prince hasta Greene Street. Crucé Spring, Broome y Grand, y llegué a tiempo a Atellier para la cita con Griffin.
Sin embargo, las necedades de Mae y Dennis seguíanrondando en mi cabeza. Yo sabía muy poco de
El secreto, un
best seller y una peli que habían idiotizado a una buena porción del continente, por su astuta mezcla de credo y autoayuda, un género que siempre he menospreciado porque, en ese tipo de cuestiones, yo soy un adepto de las novelas decimonónicas de Horatio Alger y la escuela del
american dream, que predica que en esta nación nada es imposible si empeñas todo tu esfuerzo en conseguirlo y, sobre todo, si estás dispuesto a trabajar, ya que el éxito no te caerá del cielo.
Así que llevé a cabo un rápido recuento existencial. Tenía 35 años, estaba en buena forma, mis ingresos eran excelentes e iba cumplir seis años con Debra. Vivíamos en un impecable piso en Brooklyn Heights (propiedad que ella heredó de su familia, una tribu que se enriqueció por generaciones en la New York Stock Exchange), viajábamos con regularidad y no teníamos hijos ya que, por fortuna, Debra es tan egoísta como yo. Prefiere disfrutar su vida a tope, no quiere complicaciones. Entonces, ¿qué podía pedir? Como no fueran unos veinte millones de dólares para invertirlos en una galería propia o en otro negocio relacionado con el arte, la verdad es que estaba muy a gusto, por lo que intenté desechar la basura mental de mis amigos, ahora debía de concentrarme en el proyecto.
Griffin Parks cerró la puerta de su oficina. Sirvió dos whiskys y revisó la carpeta de los trabajos que íbamos a exponer. Repasó la lista concienzudamente y luego comentó.
-Bien... Muy bien. Son los artistas adecuados. Sólo tengo una duda. ¿Por qué no está Fabienne?
La pregunta me agarró desprevenido, quizá porque aún no eliminaba ciertos rescoldos de la plática del Rialto, y respondí que no la había localizado (la verdad es que nunca se me ocurrió incluirla, la curaduría de arte es algo abrumadora), pero que no veía ningún problema, seguiría intentándolo, y Griffin quedó conforme.
Salí de la oficina y fui directo a mi cubículo. Le pedí a Joanna, la asistente, que me consiguiera el teléfono o el
e-mail de Fabienne Barbault (ella no tiene corredor, mueve su obra personalmente), y después firmé los recibos del material que había llegado. Dennis me llamó al Blackberry. Con desparpajo y cierta falsedad, me dijo que al salir del restaurante, cayó en la cuenta de que no me había pagado, la culpa fue de Mae por interrumpirlo, pero liquidaría sin falta dólar tras dólar. Terminó su parloteo con una sugerencia: vernos en el Reflex, su bar gay favorito, donde saldaría la deuda y, de paso, me prestaría
El secreto.
-Ve con Debra. Julian la adora. Hace mucho tiempo que no estamos juntos.
Colgó sin despedirse.
Todos sus trabajos los firma, simplemente,
Fabienne. Fotógrafa, pintora, crítica e instaladora, durante un tiempo Fabianne Barbault fue mi sueño recurrente. Nacida en Lyon y afincada desde hace un lustro en Nueva York, a pesar de nuestras vocaciones compartidas nunca nos hemos conocido. Todo lo que sé de ella proviene de chismes, habladurías de gente cercana, por lo que su biografía y su personalidad, para mí, son una leyenda urbana.
Tenemos la misma edad. Alguna vez colaboramos en los mismos números del
New Yorker y escribimos comentarios en el
dossier de dos exposiciones, y también hay algo que nos une: la amistad con ciertos personajes, los que me trasmitieron lo poco o mucho que sé de ella: Fabienne vive (o vivía) con un novio brasileño en un espacioso taller en Dumbo. Fabienne no sólo es culta sino fascinante y afectuosa. Fabienne no pudo superar el duelo por la muerte de su hermano en los Pirineos. Fabienne ha perdido mucho peso, está sumamente enflaquecida. Fabienne quedó jodida por un tormentoso amor (un argentino, el brasileño desapareció súbitamente). Fabienne piensa volver a Francia, ya está hasta el culo de Nueva York. Fabienne nunca se ha liado con Elijah Crowley, sólo son amigos. Fabienne no se llama Fabienne, su verdadero nombre es Isadora. Fabienne se casó a escondidas con el carioca.
Así que yo, de primera mano, lo único que conocía era su aspecto. Cabello lacio. Morena clara, ojos castaños y delgada. Bonita pero sin ser hermosa, su sortilegio más potente es la apabullante inteligencia. Lo descubrí en las cuatro emisiones de
Lyrical Speaking en que participó, invitada por Max Stein, para hablar de las tendencias artísticas contemporáneas, donde se explayó en un fluido e impecable inglés, sin traza alguna de acento galo, para desmenuzar los aciertos y las chapucerías generacionales, ideas que, sorpresivamente, eran un doble exacto de mi punto de vista.
También había contemplado su imagen infinidad de veces. En diarios y revistas, en un documental sobre la
bohème de Nueva York, y en un libro que le editó la firma inglesa Jonathan Cape.
A las seis, Joanna me dio un papel.
-Los datos de Fabienne -dijo, y salió despavorida de Atellier, porque en la galería hay una regla inviolable. Nadie se queda ni un minuto más, la hora de salida es religión (a menos, claro, que transcurra un evento), pero como la apostilla de Griffin me había pesado, decidí permanecer en el cubículo. Al fin y al cabo, cenaría con Debra a las ocho o algo así, y del Soho a Tribeca no hay mucha distancia.
Marqué el primer número. En el contestador no había mensaje, sólo se escuchaba un pitido y luego la reverberación de un fax.
El buzón del celular tampoco tenía señas de identidad. Otro pitido y nada más, por lo que no me atreví a dejar recado, quizá no era el número correcto, y vacilé un buen rato en recurrir al
e-mail. Ese dato sí era seguro, pertenecía al contacto de su página web.
Abrí el Explorer. Entré a la
punto com y el cielo me cayó de golpe. Fabienne lucía irresistible en todos los retratos. Sus óleos, sus grabados y fotografías eran excelentes, de una rotunda madurez. Su más reciente instalación, montada en una pequeña galería de Ámsterdam, era seductora, interesante, no se comparaba con las baratijas estéticas con que suelen traficar los impostores, y sus ensayos eran supremos, genuinas piezas de sabiduría y creatividad.
Entonces volvieron a mi mente los consejos de Mae y Dennis. "Pide algo. Usa tu voluntad. Concéntrate en conseguir lo que te hace falta" y, como jugando, sin tomarlo muy en serio, decidí soltar a toda la jauría de mi carácter, para ligarme a Fabienne Barbault.
"La cosa es simple", recordé la homilía de Mae, "repite lo que quieres. Hazlo con energía, totalmente convencido. El universo se las arreglará para que se cumpla."
Sin enviar el
mail, cerré el Explorer. Me puse la chaqueta, me ajusté la corbata y tomé un taxi hacia el TriBeCa Grill, el restaurante que le gusta a Debra sólo porque el dueño es Robert DeNiro, aunque, seamos honestos, la co-mida es bastante buena. Al llegar, mi novia me hizo sentir mal, pues, curiosamente, se estaba cagando de la risa sobre una discusión que tuvo con sus colegas del trabajo (Debra es publicista): vegetarianos, adictos al New Age y variadas supercherías, se confabularon contra ella en un debate sobre las virtudes curativas de la meditación.
-¿Puedes creer que el mundo es tan jodido que la gente ya no sabe de qué apañarse?
-Bueno... -contesté con embarazo- Es el mismo principio de la religión.
Debra se quedó pensativa (su familia es WASP hasta los huesos), y dijo: -Pero no es igual. La religión, al menos, es un defecto histórico-cultural. Con tantos siglos de hegemonía, se ha ganado el derecho a decepcionarnos. Y lo otro es, sencillamente, una superstición.
-Ajá -contesté, y sorbí el Absolut con tonic. En mi cabeza, un enunciado comenzó a repiquetear. Quiero a Fabienne. Quiero a Fabienne. Quiero a Fabienne -y Debra me dio un beso, masajeó mi cuello y musitó "te amo".
Querida Fabienne,
Como curador de la selección anual que Atellier lleva a cabo sobre lo más representativo del arte en Nueva York, te extiendo una cordial invitación para participar con tres obras del siguiente formato: una pieza de 1.40 x 1.80, y dos piezas de 80 x 40, de tema y técnica libre.
Tu presencia es de suma importancia, pues considero que representas un símbolo poderoso de nuestros tiempos.
Espero tu respuesta.
Los mejores deseos,
Allen Crane
P. D. Adjunto los documentos de convenio y resguardo para que los revises con tus abogados.
Pulsé el
send y respiré tranquilo, cuando apareció la confirmación "mensaje enviado" a fbarbault@...
Después cerré los ojos y pronuncié "Quiero a Fabienne", de la misma manera en que lo hice por la mañana, cuando eché el primer meado del día; cuando entré a la ducha; cuando me ponía los pantalones, la camisa y la corbata; cuando me peinaba y me lavaba los dientes e, inclusive, con el mismo fervor con que lo pensé cuando le di el beso de despedida a Debra y salí del apartamento.
Digo la verdad. Sólo era un juego, pero sigilosa, imperceptible, la plegaria comenzó a engancharme. Sería porque el calendario iniciaba su marcha regresiva para la exposición o porque, repentinamente, se me cargó el trabajo (dos revistas, una inglesa y otra holandesa, me pidieron sendos artículos que no tenía tiempo suficiente para redactar), o porque se acercaba el cumpleaños de Debra y le daban ataques de ansiedad (a sus dulces 32, la edad ya le parece una desgracia), por lo que las tres palabras se volvieron una válvula de escape del estrés.
"Quiero a Fabienne", decía, y me colocaba de inmediato en un sueño de opio donde creía sentir la intensidad de sus labios en los míos. Un abrazo fuerte, la apretura delicada de su coño y la tersura de sus nalgas.
"Quiero a Fabienne" y, por inercia, mi cabeza se empezó a vaciar como un retrete al que jalan la cadena pues, en la cordura transitoria, advertí que el mundo dejaba de importarme, Debra incluida, y aquello me supo mal.
Tres semanas después, Fabienne respondió mi
mail. Lo hizo en el momento exacto, ya que el día anterior, Griffin Parks fue concluyente: o Fabienne estaba en la muestra o la galería (y yo, por añadidura), caeríamos en un rotundo desprestigio. Y ya podía olvidarme de una nueva invitación para colaborar con ellos, por no pensar en las maledicencias sobre mi eficacia, mi profesionalismo y objetividad.
Querido Allen,
Gracias por pensar en mí. Por tus lindos comentarios.
Cuenta conmigo (si te soy honesta, comenzaba a inquietarme por no ser convocada a la anual de Atellier).
Enviaré las obras a la brevedad (junto con los documentos que, de hecho, ya revisé y no tengo objeción alguna).
Te mando un beso enorme.
Siempre tuya,
Fabienne
P. D. Respondo tu mensaje hasta ahora, pues tuve ciertos contratiempos que me sustrajeron del mundo real.
El
mail avivó los efectos de la droga. "Te mando un beso enorme" y "Siempre tuya" fueron como alcaloides. La energía recompuso mi estado de ánimo. Empecé a creer en
El secreto, me daban ganas de contárselo a Mae y a Dennis o, mejor aún, de invitarles unos tragos en The Slaughter Lamb, el pub de Greenwich que nos hacía mucha gracia por fusilarse al antro inglés de
An American Werewolf in London, la película de John Landis.
Y por supuesto. La invocación se instaló de tiempo completo, aunque se llevó a todo mi ser entre las patas.
Fabienne y yo mantuvimos un entrecortado intercambio epistolar. Contrario a lo que muchos pensarían, lo cierto es que no me contaba nada trascendente. Sus mensajes eran extensos. Hablaba de sus encrucijadas creativas, discurría sobre artistas y movimientos generacionales pero nada, absolutamente nada de su vida personal. Sin embargo, había algo que nutría mis esperanzas. Sus saludos y, sobre todo, sus adioses, eran cada vez más cariñosos.
Por mi parte, hice todo lo posible por romper el hielo. Primero le aclaré que no era empleado de Atellier, sólo el curador invitado (la explicación me causó cierto malestar, no podía creer que ignorara mi título nobiliario en el arte neoyorquino). Después le di señales de mi vida personal (sin mencionar a Debra), y ya entrados en confianza, anoté el número del Blackberry (sobra decir que nunca me llamó). Por fortuna, no le pedí su número ni la invité a tomar una copa o a cenar, ya que lo peor estaba por venir.
"Quiero a Fabienne. Quiero a Fabienne. Quiero a Fabienne", repetía como un autista, y una mañana ya no me reconocí. Nunca había resistido la tentación de contemplar a las mujeres bellas de pies a cabeza, ni a imaginarlas desnudas y cogiendo y, más aún, a conjeturar cómo se aplicarían en la
fellatio o qué posición estremecería sus cuerpos. Mis instintos dominaban a los sentimientos, se interponían entre la realidad y el equilibrio emocional. Con Debra, por ejemplo, no dejaba de mirar a otras mujeres. A pesar de que es bastante guapa (envidiable, dicen todos), si se cruzaba una beldad yo siempre volteaba.
La plegaria me curó. Me di cuenta cuando almorcé en Balthazar con Sparrow (nos había entregado tres pinturas de formato gigantesco: los retratos de Ian B, de John Lennon y de Madonna, que formaban parte de la individual que el próximo año montaría en el MoMa), y todo el restaurante estaba anegado de sirenas. Jóvenes, maduras e, inclusive, entradas en carnes y años, las mujeres congregadas en Balthazar formaban un elenco encantador.
Ninguna llamaba mi atención. Inconscientemente las comparaba con Fabienne y me decía que, por el momento, estaba satisfecho.
-¿Satisfecho? -preguntó Sparrow-. Respondí que sí. El viejo pintor sonrió con deferencia e hizo un boceto de mi roast beef con espárragos, hongos y papas del que no probé un solo bocado. Yo seguí pensando en la infancia de Fabienne.
De camino a Chelsea, me consolaba con la idea de que era lo mejor. Lo nuestro ya estaba roto, el tiempo se ocupó de marchitarlo. El Blackberry también estaba en mi contra, no salían llamadas desde el metro. De cualquier modo, Dennis estaba al tanto, no se le ocurriría salir de casa hasta mi llegada. En vano invoqué al complejo de culpa. La convicción de que mi vida con Fabienne iba a cambiar de arriba abajo, echó por tierra al remordimiento.
El drama había sucedido al anochecer. Y ahora que lo pienso, reconozco que fui un hijo de puta por estropear el cumpleaños de mi ex novia. Estoy seguro que después de aquella noche, lo que más odia en el mundo son sus 33. Ocurrió de esta manera: olvidé comprarle un obsequio,
el obsequio que ella deseaba. Una sortija de compromiso pues, dos semanas antes, Debra estuvo hable y hable del matrimonio.
-Llevamos seis años juntos. ¿No te gustaría una boda en los Hamptons, desbordada de sueños y champagne? -Y yo no dije nada, cómo podía hacerlo si en mi cabeza repiqueteaba "Quiero a Fabienne".
Así que, sin obsequio y sin compromiso, la llevé a cenar a Bayard. A los diez minutos, Debra me recriminó la indiferencia.
-Estás como ido, como si te importara una mierda lo que siento. ¿Dónde andas? ¿En qué piensas? -Y tampoco dije nada. Ordené los platos (sin consultar sus apetencias) y comimos en silencio.
Al volver a Brooklyn Heights, Debra estaba más flexible. Hacía bromas, jugueteaba, quizá para soslayar el trago amargo de mi insólita frialdad. En el apartamento puso el
I am not afraid of you and I will beat your ass, de Yo La Tengo. Dio
play a "Sometimes I don’t get you" (a manera de indirecta) y desabrochó mis pantalones.
Y como no estaba tan colgado ni tan idiota para no responder a sus caricias, la tendí sobre la duela. Le rasgué las medias, le rompí las bragas y la penetré con fuerza. Debra gritó "¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Ahhh!" y yo sentía sus jugos en la pelvis, estaba mojadísima, tan regada que la humedad invadió la hendidura de sus nalgas, el suelo bajo su cintura.
Le besé los ojos. Le lamí el cuello y los pezones, me hun-dí en la liquidez de su delirio cuando cometí el error. Primero fue un murmullo, luego una desvergonzada confesión. "Allen, Allen, Allen", susurraba Debra, y yo "Quiero a Fabienne. Quiero a Fabienne. Quiero a...", y ella me hizo a un lado, cerró las piernas y fuera de sí, increpó: -¡¿Quién diablos es Fabienne?!... ¡¡¡Dímelo, cabrón hijo de puta, ¿quién coño es Fabienne?!!!
Debra es radical, no se anda por las ramas. Terminó de destrozar sus medias y recogió sus bragas. Entró a la alcoba, comenzó a tirar mi ropa por la ventana. Yo me ajusté los pantalones. Sólo empaqué algunas cosas: mi
laptop, ciertos documentos y una gabardina.
-¡Deja las llaves!... ¡Esta ya no es tu casa! -Tampoco dije nada. Abandoné el llavero en el sofá y cerré la puerta.
Camino del metro (no tenía ganas de buscar un taxi), escuchaba los gritos desconsolados, lloriqueantes, de Debra: ¡Allen! ¡Allen! ¿¡Quién diablos es ella!? ¡¿Quién coño es Fabienne?!
Encontrar un buen piso en Manhattan toma su tiempo, por lo que vivir con Dennis todo un mes no fue tan malo. Lo más difícil consistió en acostumbrarme a los viriles jadeos de la habitación contigua, es rarísimo escuchar a dos tipos cogiendo. El resto fue agradable. Dennis y Julian son sensacionales, amigos de verdad, y no escatimaron recursos para sacarme del
down de la ruptura.
Debra hizo lo posible por reconciliarnos. Me llamaba a diario, me enviaba largos, sentidos
e-mails donde planteaba dialogar. "Hablemos con franqueza. Todavía estamos a tiempo, Allen. Te sigo amando, nunca voy a dejar de hacerlo. Perdóname, quiero que vuelvas. Sólo necesito una explicación", e inclusive se humilló dos veces: me buscó en la galería pero la dejé plantada.
Y es que,
hablando con franqueza, yo no tenía nada qué pensar ni resolver. El daño estaba hecho (por mí, no soy tan descocado ni arrogante), así que me aferraba a mi elección.
La tarde de la apertura en Atellier, cené con Dennis, Julian, Mae y su novio Adam. Julian hirvió langostas y descorchamos un par de botellas de champagne. Brindamos por la curaduría y por mi nuevo apartamento en Murray Hill.
En los postres, Adam sacó unos porros que fumamos con el mismo deleite con que Groucho Marx disfrutaba sus habanos.
Durante el
trip, Mae volvió a hablarme de
El secreto, pero no la dejé explayarse. Les conté lo de Fabienne, hice un recuento puntual de la plegaria y, al final, todos aplaudieron, bailotearon y corearon
"Gooble! Gooble! We accept you, one of us, one of us!" y no supe si sentirme maldito o bendecido, la cantaleta provenía de
Freaks, el filme de Todd Browning.
-¿Cómo lo percibes? ¿Sientes la vibra del milagro? -preguntó Dennis, y yo dije que sí, que estaba listo para un nuevo romance.
-¿Y ella? ¿Te ha dado alguna señal? -También dije que sí, aunque para ser honestos, desde hacía una semana no respondía mis
mails. Solemne, muy sentimental, Mae exclamó:
-Allen, el universo es sabio. Por algo quiso que rompieras con Debra. Sus razones tiene para unirte con Fabienne. Ambos se merecen, son almas gemelas.
-Y luego nos dimos un abrazo, les extendí sus invitaciones (sin ellas nadie tenía acceso al
opening) y emprendí la marcha para estar presente a la hora del listón.
-Te ves hermoso con ese Massimo Dutti. -Le guiñé un ojo a Julian, en agradecimiento a su piropo.
Observaba el tumulto en torno de las obras cuando, súbitamente, me acordé de Debra. Ella pudo estar ahí, conmigo, sonriendo y charlando, inmersa en la
socialité. Pudo recorrer la galería con una copa en la mano, comentar sus impresiones y darme muchos besos, pues era cariñosa hasta morir. Pudo aligerar el hieratismo con sus bromas (su sentido del humor es una joya) y al final pudimos escaparnos sin mucho protocolo, cenar una hamburguesa, pizza o cualquier cosa, y después volver a Brooklyn Heights para seguir bebiendo champagne hasta el amanecer, esperando el
New York Times para leer la nota sobre el evento (y mi trabajo), y hacer el amor y dormir toda la mañana. Sin embargo, era imposible. Aquella noche iba a encontrarme con Fabienne.
La noche transcurría. Voraz, inclemente, y Fabianne no mostraba ni sus luces. Di cuatro entrevistas, charlé con Sparrow, con Max Stein (por fin me hizo una invitación formal para acudir a
Lyrical Speaking), me retraté con no sé cuánta gente, y concerté una cita para ver la obra que produce un colectivo de Queens.
A eso de las once y a punto de volver a casa, la vi llegar. Con un vestido negro, sencillo y ajustado, lucía radiante. Inabarcable, celestial, hermosa.
Mi corazón latía con fuerza. La idea de verla acompañada de un brasileño, un argentino o cualquier latino guaperas y peludo, me dio un miedo atroz. Me tranquilicé al corroborar que iba sola.
"Quiero a Fabienne. Quiero a Fabienne. Quiero a Fabienne", la sístole y la diástole retomaron su contrapunto, y recordé la prédica de Mae: "La cosa es simple. Repite lo que quieres. Hazlo con energía, totalmente convencido. El universo se las arreglará para que se cumpla".
Y como si me hubiera escuchado, Fabienne caminó directo a mí. Sonreí y alcé mi copa, pero ella varió su rumbo, hacia el camarero que estaba al lado.
Cogió una flauta de champagne.
-Fabienne... Soy Allen.
Me miró de arriba abajo, como a una bestia de zoológico, y dijo:
-
Cool.
Dio la vuelta y se integró al corrillo que lideraba Max Stein.
A la salida me topé con Debra. Contenta, refulgente, le hacía cariños a Griffin Parks.