| Fecha: |
19/09/2011 |
| Título: |
El libro del mal amor |
Autor:
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Fernando Iwasaki |
Resumen:
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Para qué vamos a negarlo: "Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca Aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach". Este verso de Borges fue la ranchera de mi vida durante años y por eso Libro de mal amor es el "Amarcord-Corrido" donde narro cómo aquellas Matildes "me hicieron llorar". |
Referencia:
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Tomado del Libro de mal amor Autor: Fernando Iwasaki
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Mis Adelitas siemprese fueron con otro (o prólogo a la tercera edición en español y primera mexicana)
Para qué vamos a negarlo: "Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca Aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach". Este verso de Borges fue la ranchera de mi vida durante años y por eso Libro de mal amor es el " Amarcord-Corrido" donde narro cómo aquellas Matildes "me hicieron llorar".
El mal amor ha producido gran literatura en todos los idiomas, aunque el mal amor en castellano es el único que funciona con una sola persona, pues el mal amor ruso, gringo, francés e italiano requieren la pareja, los tríos, los cuartetos y a veces más gente. De hecho, con el mal amor del Dr. Zhivago un colombiano habría sido feliz, con el mal amor de Trópico de Cáncer un chileno estaría pletórico, con el mal amor de La Cartuja de Parma un venezolano no habría sufrido como Fabrizio del Dongo y cualquier paraguayo habría disfrutado el mal amor del Decamerón. Sin embargo, el mal amor en nuestra lengua es una partida de solitario donde el único jugador encima pierde.
Por eso las mejores canciones de mal amor son las que se cantan en castellano: el tango argentino, la copla española, el vals peruano y sobre todo las rancheras mexicanas. ¿Quién es "Aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach"? El otro, aunque no el "otro" de Todorov, sino otro que también mira y que además sabe que la chica que nos gusta le devuelve la mirada. Y este otro tiene más peligro que el "otro", porque es el que se va -¡ay!- con Adelita. Así, Libro de mal amor es el " Amarcord-Corrido" de mis Adelitas. Y no me rajo.
F.I.C.
Sevilla, primavera de 2011
Proemio
Como habrá advertido el concienzudo lector, este libro debe su título a aquél donde el venerable arcipreste nos reveló "algunas maneras e maestrías e sotilezas engañosas del loco amor del mundo, que usan algunos para pecar", aunque sus páginas demuestren que nunca fui alumno aventajado del arcediano de Hita. En realidad, durante varios años creí que el Libro de buen amor era una suerte de infalible manual para enamorar, hasta que el miedo y las calabazas me convencieron de lo contrario. Los aforismos de Juan Ruiz no son universales, pero versos como los siguientes han permitido que los clérigos galantes se sumen a esa envidiable especie de Donjuanes, Casanovas y Rubirosas.
Muger e liebre seguida, mucho corrida, conquista,
pierde el entendimiento, çiega e pierde la vista.
Con el tiempo descubrí que los tímidos varones no teníamos por qué tomar la iniciativa, ser caballeros de fina estampa o dirigir la seducción, ya que los seres humanos -hombres y mujeres- nos dividimos en dos grandes grupos: los conquistadores y los conquistables. Yo fracasé como conquistador porque soy conquistable, y por eso hice achaque de industria en mi naturaleza, pues como dice Gracián, el artificio a lo malo socorre y a lo bueno perfecciona.
Sin embargo, mi memoria vive poblada por mujeres inaccesibles -más duras que mármol a mis quejas- a quienes sólo me atreví a hablarles en sueños como hacía Teresa de Ávila con los tronos. Ahora, finalmente he reunido el valor de dirigirme a ellas por escrito, mas no para ajustar cuentas pendientes, sino para que el conquistable prevenido tome nota de mis papelones y ríase la gente de cómo anduve yo caliente. Así, en lugar de reducir este Libro de mal amor a un exorcismo de mis demonios, lo he convertido en una conjuración de ángeles.
Abre los ojos, incauto lector, y no des crédito a versos de curas doñeadores, pues no es cierto que a la mujer, guapa o fea, "los doñeos la vençen por muy brava que sea".
F.I.C.
Carmen
El amor faz sotil al omne que es rudo,
fázele fablar fermoso al que antes es mudo;
al omne que es covarde fázelo muy atrevudo,
al perezoso faze ser presto e agudo.
Libro de buen amor, 156
Playa Hondable debió ser una antigua zona de ejercicios de desembarco antes que el ejército peruano la transformara en un balneario de oficiales, pues aquel soñoliento lugar de veraneo estaba rodeado por ásperos campos de maniobras, grises polígonos de tiro, huecas trincheras abandonadas, discretas unidades de la división de operaciones anfibias y ruidosas bases aéreas desde donde los avioneros tiroteaban a los desprevenidos lobos marinos. Cualquiera que hubiera intentado tomar ese árido trozo de costa habría sido aniquilado desde la herradura que formaban los acantilados,y quizá por eso mismo dejó de ser escenario de los juegos de guerra criollos: ningún enemigo sería tan suicida como para intentar desembarcar en semejante ratonera. Sin embargo, yo elegí ese inaccesible paraje para librar mis primeras escaramuzas amorosas.
A principios de los 70 mi padre comenzó a alquilar cada verano un pequeño bungalow en el que -para desesperación de mamá- toda la tribu se hacinaba en dos sofocantes cuartitos. El entorno castrense de Playa Hondable le imprimía un régimen cuartelario a esas vacaciones, ya que los servicios de restaurante y cafetería tenían horarios draconianos y las luces de las instalaciones sociales y recreativas -donde estaba el único televisor- se apagaban a la hora de la Cenicienta. En ese momento los disciplinados veraneantes subíamos a paso ligero las empinadas e interminables rampas que conducían a los chalecitos, condenados a repetir al día siguiente la monótona rutina cotidiana.
Mientras las chicas me fueron indiferentes sobrellevé muy bien aquellas marciales vacaciones, pero con nueve años cumplidos comencé a sentir por ellas una extraña fascinación que me hizo odiar los cortes de luz, la vigilancia nocturna y la perentoria obligación de comer en familia. Su proximidad me producía una sensación inexplicable, entre congoja y curiosidad, semejante al hormigueo que experimentaba cuando veía a Ginger en La Isla de Gilligan, a la 99 del Super agente 86 o a esas felinas marcianas que intentaban seducir al Capitán Kirk. Algunas de las chicas que acudían a la sala de ping-pong se sentaban a cenar en grupo y yo rezaba para que me reconocieran y me invitaran a comer con ellas ("¿Tú eres el que jugó esta mañana? Ven con nosotras"), mas nunca se produjo el milagro. Entonces decidí llamar su atención.
Primero mejoré el saque, de modo que los contrincantes quedaran a merced de mis lanzamientos. Luego aprendí a matar a la japonesa, con un golpe de revés invertido; a utilizar la defensa china, neutralizando los mates con golpes de efecto y, por último, a contraatacar a la tailandesa, devolviendo con un resto fulminante los mates enemigos. Estaba seguro de que la violencia y la rapidez, unidas a la concentración y a una onomatopéyica ofensiva asiática plena de reflejos, hechizarían a esas niñas curiosas a quienes me moría por conocer. Así, después de humillar a un rival, por fin una de ellas tomó la raqueta y me preguntó muy coqueta: "¿Jugamos?". Hice una falsa mueca de fastidio y peloteamos unos minutos entre sus chillidos de disfuerzo*y mis brincos bruceleenianos, mas fui una bestia temeraria yno soporté la tentación de meterle un bazucaso coreano que se le incrustó en un ojo. Aquel verano ninguna chica me hizo caso, pero al menos ya sabían que existía ("¡Aaaj! Ahí viene Eddie Monster", y se iban corriendo).
Al año siguiente me enamoré hasta los tuétanos de una niña llamada Marisol, pero a su lado me sentía torpe, aburrido y patoso. Además, a Marisol la cortejaban otros chicos mayores que yo y que por lo mismo la atraían más. Creo que nunca le dirigí una palabra, limitándome tan sólo a observarla y a preguntarme qué vería en esos tipos que eran más fuertes, más altos, más seguros de sí mismos y que además fumaban, jugaban vóley, estacionaban los coches de sus padres e incluso bebían alguna cuba libre a escondidas. Lo averigüé la última noche, durante la fiesta de despedida de la temporada. Marisol bailaba con todo el mundo y yo me sentía tan Pasmarote que ni siquiera pude sostenerle una mirada suplicante. En eso empezaron a oírse las primeras canciones de Bread y asumí que más valía morir en el intento, así que me armé de valor y la saqué a bailar. Recuerdo que resopló con desgano y enfilamos hacia la pista, pero no llevábamos ni dos minutos bailando cuando las carcajadas retumbaron en el salón. Como sólo había visto bailar a los personajes de los dibujos, tenía mi mano izquierda en su hombro y la derecha extendida cogiéndole la mano, mientras movía la cadera como si meneara el famoso guatusi de Pedro Picapiedra. Marisol se fue a su silla y yo a mi cama. Ese verano también se habló de mí.
Nunca como entonces me preparé tanto para unas vacaciones: aprendí a bailar y a tragarme el humo de los cigarros, practiqué vóley y paleta playera y, finalmente, conseguí que mi padre me dejara encender el viejo Ford Falcon. Pero el verano se acercaba y un día mamá encontró un pretexto irrefutable para no ir a Playa Hondable: los zancudos y mosquitos picotearían golosos a mi hermano recién nacido. Si mamá no iba tampoco irían mis hermanas y todos mis sueños se habrían ido al traste, mas papá decidió que Gonzalo, Miguel y yo ocupáramos el bungalow durante el verano para que el resto de la familia pudiera disfrutarlo los fines de semana. Mejor no podía haber resultado.
Desde los primeros días de enero fuimos los reyes de la estación, ya que podíamos hacer lo que nos diera la gana sin padecer la represión familiar como los demás chicos. Nuestro bungalow fue "territorio liberado" durante la alta noche, y en una de esas fiestas adolescentes conocí a Carmen. Era morena, delgada, con unos labios a punto de estallar y hermosas cejas como pétalos negros, que coronaban unos ojos que me recordaban a las diosas de La Ilíada. Pero Carmen tenía trece años y yo ni siquiera había cumplido los doce, de modo que tuve que resignarme a soñar que la salvaba de ahogarse en la piscina y que después le cantaba canciones de Nino Bravo.
Nuestra pandilla era de lo más dispareja, porque nos unían el aburrimiento y esas contradictorias pasiones de los años pavícolas que afligen mucho pero entretienen una barbaridad. Así, a Mario -el hermano mayor de Carmen- le gustaba Roxana -que tendría unos dieciocho años y era hija de un general-, pero ella no le hacía caso porque eran de la misma edad. A su vez, Mario no se daba cuenta que Rosario -le hermana menor de Roxana- se moría por sus huesos, quizá porque sus escasos quince años le resultaban insignificantes. Por contra, Nicolás y Gonzalo -ambos de catorce- sólo vivían pendientes de torcer la desabrida indiferencia que les profesaba Rosario, cuyos olímpicos desaires sólo eran comparables a los inútiles esfuerzos de -¡ay!- Carmen por atraerles con los sencillos encantos de sus trece años. Desde la ridícula insignificancia de mis once, me contentaba fantaseando tarzanescas y melodiosas aventuras junto a la perezosa piscina de Playa Hondable.
Así transcurrió la primera semana de aquel verano, sin que nadie hiciera progresos notables en sus respectivas empresas sentimentales, hasta que Mario dio con la tecla que activó alguna fibra sensible de Roxana y de paso las precoces glándulas de todo el grupo: las historias de terror. Contarlas requería de una nocturna liturgia que oficiábamos al atardecer y que alcanzaba su clímax en la medianoche, cuando la luz de las velas operaba el hechizo de abolir la oscuridad que nos imponía el corte del fluido eléctrico. Entonces nos sentábamos en círculo y compartíamos tétricos relatos poblados de espíritus, cadenas, embrujos y pactos de ultratumba, que culminaban al amanecer entre achuchones y tembloresque nos obligaban a acompañar a las chicas a sus bungalows, y después a regresar corriendo para no toparnos con el soldado sin cabeza.
Pronto advertí que Carmen tenía una indescifrable debilidad por aquellas fábulas macabras, y procuré sentarme a su lado para sacarle todo el provecho posible a sus explosivos terrores infantiles, que a veces me sorprendían en forma de pellizcos y otras como indefensa mano que pavorida encontraba refugio en la mía. Fui feliz mientras duraron los relatos más novedosos y espeluznantes, pero cuando las historias empezaron a repetirse, Carmen dejó de tener miedo y ya no permitía que le abrigara sus dedos temblorosos como cachorros. Recuerdo que habíamos contado la diabólica leyenda de la casa Matsushita, el terrible cuento de la monja del Hospital Loayza y varias versiones de la vieja historia de "la chica que hacía auto-stop y que se llevó la casaca del chico que la recogió y que después descubrió que la chica había muerto y encontró su casaca sobre la tumba de la chica",y por eso resolví que era el momento de remozar el género yreemprender la conquista de ese pulpo tierno y cariñoso que era para mí la mano de Carmen.
Primero urdí sepulcrales patrañas ambientadas en cuarteles de provincias, salpicándolas de testimonios apócrifos y comprometiendo a alguno de los soldaditos que patrullaban por los alrededores. Luego probé fortuna con los episodios de ahogados que volvían del Más Allá para recoger sus pasos, y hasta inventé un fantasma que chocarreaba resentido entre los chalecitos de Playa Hondable, contribuyendo así a electrizar todavía más la atmósfera de nuestro cenáculo esotérico. Pero fueron las terroríficas historias de la casa de mi abuela -un decrépito caserón de Lince que mi enamorada imaginación convirtió en una grieta del infierno- las que mayores satisfacciones me proporcionaron.
Ante el estupor de mi crédulo auditorio, la casa de mi abuela olía siempre a azufre, los fantasmas de mis tías revoloteaban de un lado a otro y una perversa criada llamada Guillermina escondía en su ropero mustios muñecos picoteados por enjambres de alfileres. Carmen suspiraba imaginando que yo era capaz de dormir en ese caserón maldito, y ello me llenaba de trivial satisfacción. Todo me habría salido rodado de no haber sido por Gonzalo, quien amenazó con desenmascararme si no inventaba alguna historia con él de protagonista. Sin embargo, el remedio fue peor que la enfermedad, pues cuando conté que el espíritu de nuestra bisabuela lo seguía a cualquier parte, Rosario huyó de Gonzalo como la peste. Entonces Mario sugirió un nuevo y aterrador esparcimiento: la ouija.
Al principio fue Nicolás quien hizo trampas, pues todas las almas convocadas resultaron ser de chicas que opinaban que él era el más guapo e inteligente del grupo. Más tarde fue Mario quien le hizo decir a un espíritu que uno de nosotros se casaría algún día con una de las chicas presentes, y ahí decidí que se manifestara el presunto ahogado de Playa Hondable, aparición que congeló a todos y apaciguó las tribulaciones casamenteras de más de uno. El fantasma estaba harto de nosotros y deseaba hacernos daño -mucho daño-, pero la luz de mi aura astral se lo impedía. Nunca olvidaré la cómplice sonrisa de Roxana, ni la escurridiza mano de Carmen entre las mías.
Por desgracia, los relumbrones astrales que nimbaban mis raboseos* se extinguieron en cuanto se estrenó una película que toda la pandilla esperaba con enfermiza ansiedad: El Exorcista. ¿A quién le interesaban la ouija y los cuentos de aparecidos? El demonio y la posesión satánica -en cambio- inspiraban dudas y espantos jamás experimentados hasta ese entonces, pues era la primera vez que tales temas llegaban a través del cine a un vasto público harto de momias, vampiros y licántropos. La prensa calentó el ambiente con relatos de exorcismos practicados en lugares remotos como Almería y Mozambique, y un periódico sensacionalista desveló el caso de un poseído encerrado en las mazmorras de un convento declausura del Cuzco. La iglesia peruana acudió a los medios de comunicación -condenando la película y exhortando a los buenos cristianos a no verla- y El Exorcista fue un rotundo éxito de público y taquilla.
La censura calificó El Exorcista para "mayores de 14", y en medio de grandes preparativos Roxana, Mario, Gonzalo, Rosario y Nicolás planearon su expedición al cine Pacífico. Carmen tuvo un berrinche cuando supo que no podía ir, mas yo la consolé doblemente contento porque nos quedaríamos juntos y porque además no tendría que ver la dichosa película. Me gustaba presumir de valiente para impresionar-la, pero en el fondo era un cobarde y sentía pánico ante la posibilidad de tener que ir al cine. Máxime cuando aquella noche los exorcistas volvieron lívidos, hablando de espumarajos marrones, de voces infernales y de cabezas que giraban como una perinola sobre su pescuezo.
Los días siguientes reconstruyeron una y mil veces las escenas más sobrecogedoras de la película, y conforme aumentaba mi horror crecía el deseo de Carmen por conocer a Regan y al padre Merrin. Durante el desayuno del viernes advertí que me interrogaba con la mirada de las princesas en peligro, y temí lo peor cuando me abordó para saber si sería capaz de hacerle un enorme favor. Estuve a un tris de responderle "menos acompañarte a ver El Exorcista pídeme lo que quieras", pero cogió mi mano y me ordenó con dulzura: "Tienes que llevarme al cine. Mis papás no quieren que vaya con ellos y tampoco me dan permiso para ir sola. ¿Sabes?, si no veo El Exorcista me muero". Como ya vivía sin vivir en mí, pensé: mejor muero porque no muera.
El principal problema no era nuestra edad sino mi aspecto infantil, pues aunque la función estaba calificada para mayores de catorce y yo tenía casi doce, por más colonia que me echara mi facha siempre sería la de un chibolo* de nueve. Por eso necesitábamos que una persona mayor nos acompañara y la única que se me ocurría era mi tía Nati, íntima amiga de mamá y además mi madrina. ¿Cómo lograr que aceptase sin dar demasiadas explicaciones y a la vez comprometiéndola a no hacer indiscretos comentarios?
La tía Nati estaba feliz con el numerito, mas no le hacía ni pizca de gracia tener que soplarse El Exorcista. Los periódicos hablaban de repentinos infartos que habían dejado tieso a más de un espectador en su butaca, y ella opinaba que me convenía más seducir a Carmen con una película romántica y "de preferencia con mariachis". Pero su curiosidad pudo más que el miedo y se ofreció encantada, pensando que así conocería a Carmen antes que su comadre. Además, yo no contaba con los arrebatos celestinescos de mi madrina.
-Todavía no es mi chica, tía.
-No seas zonzo, ahijado. ¿Acaso crees que si ella no quisiera estar contigo te habría aceptado ver El Exorcista? ¡Qué horror, eso es amor!
La tía Nati ni se imaginaba que era yo quien había condescendido ir al cine con tal de atraer a la animosa Carmen, mi temeraria heroína de historias espeluznantes, mi adorable pesadilla de ojos de gata. Cuando compré las entradas supe que había vendido algo de mi alma al diablo.
En honor a la verdad Carmen decepcionó a mi tía Nati ("esa mocosa está bien flaca"), pues la consideró muy poca cosa para mí ("tú eres más churro,* ahijado") y se creyó en la obligación de infundirme ánimos ("a mitad de la película me voy al baño y tú entonces la besas"). Yo había pensado declararme al volver a Playa Hondable ("los discursitos ya pasaron de moda, zonzo"), pero las palabras de la tía Nati surtieron un efecto diabólico ("¿no ves cómo te come cuando te mira?") y así saqué valor de donde no había más que espanto ("hazle caso a tu madrina, ahijado"). En la impenetrable oscuridad del cinema sólo brillaban tres cosas: la linterna del acomodador, los ojos de Carmen y el esmalte fosforescente de las uñas de mi tía Nati.
Si ya me había sido difícil barruntar una declaración balbuceante pero eficaz, pensar que apenas disponía de unos escasos minutos para fulminar a Carmen de un solo beso me parecía más que imposible. Para colmo de males, el desarrollo de la película no favorecía mis intenciones, pues Carmen se inquietó con los extraños ruidos de la habitación de Regan, dio un respingo cuando el demonio comenzó a chillar a través de la endemoniada y se le escapó un gritito como un maullido en la famosa escena de la cabeza desgoznada. Entonces resolví morir matando y le pedí a mi tía Nati que de una vez se fuera al baño, pero de la nerviosa penumbra surgió su entrecortada respuesta: "Ahijado, de aquí no me muevo ni aunque me paguen en dólares".
Mientras el padre Karras tramitaba su carné de exorcista y el aliento helado del diablo se esparcía por toda la platea, Carmen se comía las uñas y mi tía Nati me las clavaba en el brazo. Cada carcajada infernal supurada de obscenidades, cada chorro de vómito insolente y cada aspersión de agua bendita sobre ese cuerpo poseído, postergaban mi beso enamorado tantas veces soñado; pero al menos mi mano se encontró con la suya y así recobré el aroma de las noches marinas y nuestros rituales de ouija y terrores varios.
La muerte del padre Merrin me permitió recorrer con los labios la interminable y breve longitud de sus dedos, la pelea del padre Karras con el demonio encubrió un beso furtivo, y los gritos del auditorio ante el inesperado desenlace asordaron la declaración que nunca me atreví a pronunciar. Así, cuando se encendieron las luces del cine mi tía Nati me sorprendió -traspuesto y dichoso- bien cogido a la mano de Carmen.
-¡Ahijado! ¿Ya ves cómo no era necesario que me fuera al baño, bandido?
-¿Cómo dice, señora? -preguntó Carmen, todavía conmocionada por el final de El Exorcista.
-Ay, hijita, ¿me permites que te diga ahijada? Menos mal que le has dicho que sí, porque si me traen a otra película como ésta me da infarto y encima chucaque.* ¿Vamos a tomar un lonche para celebrarlo?
-¿Qué le pasa a tu madrina, oye? -gritó Carmen sacudiéndose de mí con espanto.
-¡Oye tú, mocosa! -disparó mi tía Nati, poniendo el tono que usaba cuando recriminaba cualquier cosa a las criadas- A mi ahijado no vas a tratarlo así, ¿ah? Qué lisura, antes mosquita muerta y ahora ya me lo quieres gobernar.
-¡Usted está loca, señora! Y tú eres de lo peor -me acusó Carmen, horrorizada, señalándome con el dedo que más me gustaba-. Ya no regreso contigo a la playa porque me voy a la casa de mi abuela.
-¡Eso, que te aguante tu abuela! -machacó mi tía Nati-, y por si acaso mi ahijado no va a volver contigo ni aunque se lo pidas de rodillas. ¿No te dije que esta mocosa no te convenía?
Aquella fue la última vez que vi a Carmen, y cada verano acudí a Playa Hondable puntual, con la remota esperanza de contemplarla de nuevo. Aún conservo intenso en la memoria el tacto fugaz de su mano, y me he habituado a buscarla en los cinemas de barrio cuando estrenan algún filme de horror, pues sólo ella podría conjurar el pacto que hice con todos los diablos el día que fuimos a ver El Exorcista.
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El libro del mal amor
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