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Fecha: 19/09/2011
Título: El cobrador
Autor:
Rubem Fonseca
Resumen:
En la puerta de la calle una dentadura grande, abajo está escrito Dr. Carvalho, Dentista. En la sala de espera vacía, un anuncio: Aguarde, el Doctor está atendiendo a un paciente. Esperé media hora, un dolor de perros, la puerta se abrió y surgió una mujer acompañada de un tipo grande, de unos cuarenta años, con bata blanca.
Referencia:
Tomado del libro El cobrador - Autor: Rubem Fonseca



En la puerta de la calle una dentadura grande, abajo está escrito Dr. Carvalho, Dentista. En la sala de espera vacía, un anuncio: Aguarde, el Doctor está atendiendo a un paciente. Esperé media hora, un dolor de perros, la puerta se abrió y surgió una mujer acompañada de un tipo grande, de unos cuarenta años, con bata blanca.

Entré al consultorio, me senté en el sillón, el dentista me puso una servilleta de papel en el cuello. Abrí la boca y le dije que la muela de atrás me estaba doliendo mucho. Miró con un espejito y me preguntó cómo es que había dejado que los dientes llegaran a tal estado.

Sólo sonrío. Estos tipos sí que son graciosos.

Se la voy a tener que sacar, dijo, usted ya tiene pocos dientes y si no se hace un tratamiento rápido va a perder todos los otros, incluso éstos -y dio un golpe sonoro en los incisivos.

Una inyección de anestesia en la encía. Me mostró la muela en la punta de la pinza: la raíz está podrida, ¿lo ve?, dijo sin dar mucha importancia. Son cuatrocientos cruceiros.

Sólo sonrío. No tengo, mi amigo, dije.

¿Qué es lo que no tiene?

No tengo los cuatrocientos cruceiros. Me dirigí hacia la puerta. Él bloqueó la puerta con el cuerpo. Es mejor que pague, dijo. Era un hombre grande, manos grandes y pulso firme de tanto arrancar dientes a los más jodidos. Y mi físico delgaducho envalentona a la gente. Odio a dentistas, comerciantes, abogados, industriales, funcionarios, médicos, ejecutivos, esa canallada entera. Todos me están debiendo mucho. Abrí la chamarra, saqué la 38 y le pregunté con tanta rabia que una gota de saliva le salpicó la cara: ¿qué tal si te meto esto en el culo? Se puso pálido, retrocedió. Apuntándole el revólver al pecho empecé a aliviar mi corazón: saqué los cajones de los armarios, tiré todo al suelo, pateé los frascos como si fueran pelotas, saltaban y se estrellaban contra la pared. Reventar las escupideras y los motores fue más difícil, me lastimé las manos y los pies. El dentista me miraba, debe haber pensado varias veces en someterme, quería que lo hiciera para darle un tiro en esa gran barriga llena de mierda.

¡No pago nada más, me cansé de pagar!, le grité, ahora sólo cobro.

Le disparé en la rodilla. Debería haber matado a ese hijo de puta.

La calle llena de gente. Digo, para mis adentros, y a veces para afuera, ¡todos me deben! me deben comida, panochas, cobijas, zapatos, casa, auto, reloj, dientes, me deben. Un ciego pide limosna sacudiendo una lata de aluminio con monedas. Le doy una patada a la lata, el ruido de las monedas me irrita. Calle Marechal Floriano, casa de armas, farmacia, banco, putas, fotógrafo, Light, vacuna, médico, Ducal, un montón de gente. Por la mañana no se puede ir hacia la Central, la multitud avanza como una enorme oruga que ocupa toda la calle.

Detesto a esos tipos que andan en Mercedes. El claxon del coche también me molesta. Anoche fui a ver al tipo que vendía una Magnum con silenciador en la Cruzada, y cuando atravesé la calle un tipo que había ido a jugar tenis en uno de esos clubes exclusivos que hay por ahí tocó el claxon. Yo estaba distraído porque iba pensando en la Magnum cuando tocó el claxon. Vi que el coche venía despacio y me paré enfrente.

¿Qué te pasa?, gritó.

Era de noche y no había nadie cerca. Estaba vestido de blanco. Saqué la 38 y le disparé al parabrisas, más para reventar el vidrio que para darle al tipo. Arrancó rápido, para atropellarme o para escapar, o las dos cosas. Me hice a un lado, el coche pasó, las llantas rechinaron en el pavimento. Se detuvo un poco más adelante. Me acerqué. El tipo estaba acostado con la cabeza hacia atrás, la cara y el pecho cubiertos de astillas de vidrio. Sangraba mucho de una herida fea en el cuello y la ropa blanca estaba toda roja.

Giró la cabeza, que estaba apoyada en el asiento, ojos muy abiertos, negros, y el blanco alrededor era azul lechoso, como una jabuticaba por dentro y porque el blanco de sus ojos era azulado le dije: vas a morir, compadre, ¿te doy el tiro de gracia?

No, no, dijo con esfuerzo, por favor.

En la ventana de un edificio un tipo me observaba. Se escondió cuando lo miré. Debe haber llamado a la policía.

Seguí caminando tranquilamente, volví a la Cruzada. Qué bueno había sido reventar el parabrisas del Mercedes. Debería haberle dado un tiro también al techo y un tiro en cada puerta, el hojalatero habría tenido que sudar.

El tipo de la Magnum ya había vuelto. ¿Traes los treinta mil? Colócalos aquí en esta mano que nunca ha visto una palmatoria, dijo. Su mano era blanca, lisa, pero la mía estaba llena de cicatrices, tengo cicatrices en todo el cuerpo, hasta en el pito tengo cicatrices.

También quiero comprar un radio, le dije al mercachifle.

Mientras iba a buscar el radio, examiné mejor la Magnum. Aceitada y también cargada. Con el silenciador parecía un cañón.

El mercachifle volvió con un radio de pilas. Es japonés, dijo.

Préndelo para oírlo.

Lo prendió.

Más fuerte, le pedí.

Subió el volumen.

Puf. Creo que murió con el primer tiro. Le di dos más sólo para oír puf, puf.

Me deben colegio, novia, equipo de sonido, respeto, sándwich de mortadela en el café de la calle Vieira Fazenda, helado, balón de futbol.

Veo tele para aumentar mi odio. Cuando mi cólera disminuye y se me quitan las ganas de cobrar lo que me deben, veo tele y en poco tiempo regresa el odio. Me gustaría agarrar al tipo del anuncio de whisky. Está bien vestido, elegante, todo almidonado, abrazado a una rubia reluciente, y pone cubos de hielo en un vaso y sonríe con todos los dientes, tiene los dientes sanos y son verdaderos, y quiero agarrarlo con la navaja y rajarle las comisuras de la boca hasta las orejas, y todos esos dientes blancos van a quedar fuera de una sonrisa de calavera roja. Ahora está ahí, sonriendo y después le da un beso en la boca a la rubia. No pierde el tiempo.

Mi arsenal está casi completo: tengo la Magnum con silenciador, una Colt Cobra 38, dos navajas, una carabina 12, un Taurus 38, un puñal y un machete. Con el machete voy a cortarle la cabeza a alguien de un solo golpe. Vi en el cine, en uno de esos países asiáticos todavía bajo dominio inglés, un ritual que consistía en cortarle la cabeza a un animal, creo que era un búfalo, de un solo golpe. Los oficiales ingleses presidían la ceremonia con un aire de fastidio, pero los decapitadores eran verdaderos artistas. Un golpe seco y la cabeza rodaba, chorreando sangre.

En casa de una mujer que me recogió en la calle. Dice que estudia en el colegio nocturno. Yo pasé por eso, mi colegio fue el más nocturno de todos los colegios nocturnos del mundo, tan malo que ya no existe, lo echaron abajo. Hasta la calle donde quedaba la demolieron. Me pregunta qué hago y le respondo que soy poeta, lo que es rigurosamente cierto. Me pide que le recite un poema mío. Es éste: A los ricos les gusta dormir tarde / sólo porque saben que la chusma / tiene que dormir temprano para trabajar por la mañana. / Ésa es otra oportunidad que / tienen para ser diferentes: parasitar, / despreciar a los que sudan para ganarse el pan, / dormir hasta tarde, / tarde / un día / por fortuna, / demasiado.

Me interrumpe preguntando si me gusta el cine. ¿Y el poema? Ella no entiende. Sigo: Sabía bailar samba y apasionarse / y rodar por el suelo / sólo por poco tiempo. / Del sudor de su rostro nada fue construido. / Quería morir con ella, / pero eso fue el otro día, / todavía otro día. / En el cine Iris, en la calle de la Carioca / el Fantasma de la Ópera. / Un tipo de negro, / maletín negro, el rostro escondido, / en la mano un pañuelo blanco inmaculado, / le hacía puñetas a los espectadores; / en la misma época, en Copacabana, / otro / que no tenía ni apodo / se bebía los orines de los mingitorios de los cines / y su rostro era verde e inolvidable. / La Historia se hace de gente muerta / y el futuro de gente que va a morir. / ¿Piensas que ella va a sufrir? / Es fuerte, resistirá. / También resistiría si fuese débil. / En cuanto a ti, no sé. / Fingiste tanto tiempo, golpeaste, gritaste, mentiste. / Estás cansado, / estás acabado, / no sé qué es lo que te mantiene vivo.

Ella no entendía de poesía. Sólo estaba conmigo y quería fingir indiferencia, bostezaba desesperadamente. La falsedad de las mujeres.

Me das miedo, terminó confesando.

Esta cabrona no me debe nada, pensé, vive a duras penas en un cuarto con sala, tiene los ojos hinchados de tanto beber porquerías y leer la vida de las ricas en la revista Vogue.

¿Quieres que te mate?, pregunté mientras tomábamos whisky corriente.

Quiero que me cojas, rió ansiosa, insegura.

¿Matarla? Nunca había estrangulado a alguien con mis propias manos. No es muy elegante ni dramático estrangular a alguien, parece una pelea callejera. De todas maneras quería estrangular a alguien, pero no a una infeliz como ésa. Para un don nadie, ¿sólo un tiro en la nuca?

He pensado mucho sobre eso últimamente. Se había quitado la ropa: pechos caídos y blandos, los pezones pasas gigantes que alguien había pisado; muslos flácidos con nódulos de celulitis, gelatina descompuesta con pedazos de fruta podrida.

Tengo miedo, dijo.

Me acosté sobre ella. Me agarró del cuello, su boca y lengua en mi boca, una vagina pegajosa, caliente y olorosa.

Cogimos.

Ahora está durmiendo.

Soy justo.

Leo el periódico. La muerte del mercachifle de la Cruzada no fue noticia. El ricacho del Mercedes con ropa de tenista murió en el Miguel Couto y los diarios dicen que fue asaltado por el bandido Boca Larga. Sólo sonrío.

Hago un poema denominado “Infancia o Nuevos Olores de panocha con ch”. Aquí de nuevo / oyendo a los Beatles / en la Radio mundial / a las nueve de la noche / en un cuarto / que podría ser / y era / de un santo mártir. / No había pecado / y no sé por qué me condenaban / por ser inocente / o tonto. / De cualquier forma / el suelo estaba siempre ahí / para sumergirse. / Cuando no hay dinero / es bueno tener músculos / y odio.

Leo los periódicos para saber qué es lo que están comiendo, bebiendo y haciendo. Quiero vivir mucho para tener tiempo de matarlos a todos.

Desde la calle veo la fiesta en la Vieira Souto, las mujeres de vestido largo, los hombres con ropa negra. Camino despacio, de un lado a otro, no quiero despertar sospechas y el machete adentro del pantalón, amarrado a la pierna, no me deja caminar bien. Parezco un inválido, me siento un inválido. Una pareja de mediana edad pasa a mi lado y me mira con lástima; también me doy lástima, cojeo y me duele la pierna.

Desde la calle veo a los meseros sirviendo champaña francesa. A esta gente le gusta la champaña francesa, los vestidos franceses, el idioma francés.

Estuve ahí desde las nueve, pasé por enfrente, bien armado, entregado a la suerte y el azar, y la fiesta empezó.

Los lugares de estacionamiento frente al departamento fueron ocupados rápidamente y los coches de los invitados tuvieron que estacionarse en las oscuras calles laterales. Hubo uno que me interesó bastante, un coche rojo, y en él un hombre y una mujer, jóvenes y elegantes. Se dirigieron al edificio sin hablar, él acomodándose la corbata de moño y ella el vestido y el pelo. Se prepararon para una entrada triunfal, pero desde la calle veo que su llegada es recibida como la de los otros, con desinterés. La gente se arregla en el peluquero, en el sastre, en el masajista y sólo el espejo les da en las fiestas la atención que esperan. Vi a la mujer con su vestido azul ondulante y murmuré: te voy a dar la atención que mereces, no en balde te pusiste tus mejores calzones y fuiste tantas veces a la modista y te pasaste tantas cremas por la piel y te pusiste un perfume tan caro.

Fueron los últimos en salir. No caminaban con la misma energía y discutían enojados, voces pastosas, enredadas.

Me acerqué a ellos cuando el hombre abría la puerta del coche. Yo venía cojeando, él apenas si me miró rápidamente y vio a un inválido inofensivo y despreciable.

Le puse el revólver en la espalda.

Haz lo que te mando, si no los mato a los dos, le dije.

No fue fácil entrar con la pierna dura en el estrecho asiento trasero. Me acosté a medias, con el revólver apuntando a la cabeza de él. Le ordené que fuera a la Barra da Tijuca. Estaba sacando el machete del pantalón cuando me dijo, llévate el dinero y el auto y déjanos aquí. Estábamos frente al Hotel Nacional. Sólo sonrío. Como ya estaba sobrio seguro quería tomarse un último whisky mientras avisaba a la policía por teléfono. Ah, ciertas personas piensan que la vida es una fiesta. Seguimos por Recreio dos Bandeirantes hasta llegar a una playa desierta. Bajamos del coche. Dejé las luces prendidas.

No le hemos hecho nada, dijo.

¿Ah no? Sólo sonrío. Sentí el odio inundándome los oídos, las manos, la boca, todo el cuerpo, un sabor a vinagre y lágrimas. Está embarazada, dijo señalando a la mujer, va a ser nuestro primer hijo.

Miré la barriga de la esbelta mujer y decidí ser misericordioso y dije, puf, arriba de donde pensaba que estaba el ombligo de ella, y me cargué al feto. La mujer cayó boca abajo. Le puse el revólver en la sien y le hice un hoyo.

El hombre lo vio todo sin decir una palabra, la cartera en la mano extendida. Agarré la cartera y la aventé al aire y cuando caía le di una patada de izquierda que la lanzó lejos.

Le amarré las manos por detrás de la espalda con una cuerda que llevaba. Después le amarré los pies.

Arrodíllate, le dije.

Se arrodilló.

Las luces del coche le iluminaban el cuerpo. Me arrodillé a su lado, le quité la corbata, doblé el cuello de la camisa dejando su pescuezo al descubierto.

Inclina la cabeza, le mandé.

Se inclinó. Levanté alto el machete, seguro en las dos manos, vi las estrellas en el cielo, la noche inmensa, el firmamento infinito y dejé caer el machete, estrella de acero, con toda mi fuerza, justo en medio de su cuello.

La cabeza no cayó y trató de levantarse, debatiéndose como si fuera una gallina atontada en manos de una cocinera incompetente. Le di otro golpe y otro y otro y la cabeza no rodaba. Se había desmayado o muerto con la mierda de cabeza presa al cuello. Puse el cuerpo sobre la salpicadera del coche. El cuello quedó en buena posición. Me concentré como un atleta que va a dar un salto mortal. Ahora, mientras el machete hacía su corto recorrido mutilador zumbando, cortando el aire, sabía que iba a lograr lo que quería. ¡Broc! La cabeza salió rodando por la arena. Levanté alto el alfanje y recité: ¡Salve el Cobrador! Di un grito agudo que no era ninguna palabra, era un aullido largo y fuerte para que todos los bichos temblaran y se apartaran. Por donde paso el pavimento se derrite.

Una caja negra debajo del brazo. Digo con la lengua trabada que soy el plomero que va a hacer un trabajo en el departamento doscientos uno. El portero encuentra divertida mi lengua enredada y me deja subir. Comienzo desde el último piso. Soy el plomero (ahora lengua normal), vengo a hacer un servicio. Por la abertura dos ojos: nadie ha llamado al plomero. Bajo al séptimo, lo mismo. Sólo voy a tener suerte en el primero.

La sirvienta me abrió y gritó hacia adentro, es el plomero. Apareció una muchacha en camisón, con un frasco de esmalte de uñas en la mano, bonita, unos veinticinco años.

Debe haber un error, dijo, no necesitamos plomero.

Saqué la Cobra de la caja. Claro que lo necesita; tranquilas, si no las mato. ¿Hay alguien más en la casa? El marido estaba trabajando y el niño en el colegio. Amarré a la sirvienta, le cerré la boca con esparadrapo. Llevé a la señora a la recámara.

Desvístete.

No me voy desvestir, dijo, la cabeza erguida.

Me deben jarabe, calcetines, cine, filete miñón y panocha, hazlo rápido. Le di un puñetazo en la cabeza. Cayó en la cama, una marca roja en la cara. No me desvisto. Le arranqué el camisón, los calzones. No traía brasier. Le abrí las piernas. Le puse las rodillas en los muslos. Tenía un pelambre abundante y negro. No se movió, con los ojos cerrados. Entrar en ese bosque oscuro no fue fácil, su panocha era apretada y seca. Me incliné, le abrí la vagina y se la escupí, gruesos escupitajos. Aun así no fue fácil, sentía que el pito se me despellejaba. Dio un gemido cuando le metí la verga con toda la fuerza hasta el fondo. Mientras le metía y le sacaba el pito le chupaba los pechos, la oreja, el cuello, le pasaba suavemente el dedo por el culo, le sobaba las nalgas. El pito empezó a lubricarse con los jugos de su vagina, ahora tibia y pegajosa.

Como ya no me tenía miedo, o porque me tenía miedo, se vino antes que yo. Con el resto de semen que salía del pito hice un círculo alrededor de su ombligo.

A ver si dejas de abrirle la puerta al plomero, le dije, antes de salir.

Salgo del desván de la calle Visconde de Maranguape. Un hueco en cada muela lleno de Cera del Dr. Lustosa / masticar con los dientes delanteros / puñeta para foto de revista / libros robados. / Voy a la playa.

Dos mujeres están conversando en la arena; una tiene el cuerpo bronceado por el sol, un pañuelo en la cabeza; la otra es clara, debe ir poco a la playa; las dos tienen el cuerpo muy bonito; las nalgas de la clara son las nalgas más lindas que he visto. Me siento cerca, y miro. Se dan cuenta de mi interés y se empiezan a mover, a decir cosas con el cuerpo, a hacer movimientos seductores. En la playa somos todos iguales, nosotros los jodidos y ellos. Incluso somos mejores porque no tenemos esa barriga grande y el culo blando de los parásitos. ¡Quiero a la mujer blanca! Ella inclusive está interesada en mí, me mira. Se ríen, ríen, enseñando los dientes. Se despiden y la blanca se va hacia Ipanema, el agua mojándole los pies. Me acerco y me voy junto a ella, sin saber qué decirle.

Soy una persona tímida, me han golpeado tanto en la vida, y el pelo de ella es fino y tratado, su tórax es esbelto, los senos pequeños, los muslos son sólidos y redondos y musculosos y el culo está hecho de dos hemisferios duros. Cuerpo de bailarina.

¿Estudias ballet?

Estudié, dice. Me sonríe. ¿Cómo es que alguien puede tener una boca tan bonita? Tengo ganas de chuparle uno por uno los dientes. ¿Vives por aquí?, pregunta. Sí, miento. Me muestra un edificio en la playa, todo de mármol.

De regreso a la calle Visconde de Maranguape, hago tiempo para ir a la casa de la chica blanca. Se llama Ana, palindrómico. Afilo el machete con una piedra especial, el cuello de ese ricachón estaba muy duro. Los periódicos le dieron mucho espacio a la muerte de la pareja que ajusticié en la Barra. La chica era hija de uno de esos putos que se enriquecen en Sergipe o Piauí, estafando a los miserables y después llegan a Río y los idiotas ya no tienen acento, se pintan el pelo de rubio y dicen que son descendientes de holandeses.

Los columnistas de sociales estaban consternados. Los ricachos a los que me despaché iban a viajar a París. Ya no hay seguridad en las calles, decía el titular de un diario. Sólo sonrío. Tiré un calzoncillo al aire y traté de cortarlo con el machete, como lo hacía Saladino (con un pañuelo de seda) en el cine.

Ya no se hacen cimitarras como antes / Soy una hecatombe. / No sé ni de Dios ni del Diablo. / Que me hicieron un vengador. / Fui yo mismo. / Yo soy el Hombre-Pene. / Soy el Cobrador.

Voy al cuarto donde está acostada doña Clotilde desde hace tres años. Doña Clotilde es la dueña de la casa.

¿Quiere que barra la sala?, le pregunto.

No, hijo, sólo quiero que me pongas la inyección de trinevral antes de que te vayas.

Hiervo la jeringa, preparo la inyección. Las nalgas de doña Clotilde están secas como una hoja vieja y arrugada de papel de arroz.

Me caíste del cielo, hijo, Dios te mandó, dice.

Doña Clotilde no tiene nada, podría levantarse y comprar cosas en el supermercado. Su enfermedad está en la cabeza. Y después de pasar tres años acostada, sólo se levanta para hacer pipí y caca, en realidad no debe tener fuerzas.

Un día de estos le doy un tiro en la nuca.

Cuando satisfago mi odio me invade una sensación de victoria, de euforia y me dan ganas de bailar, emito pequeños aullidos, gruñidos, sonidos inarticulados, más cerca de la música que de la poesía, y los pies se me deslizan por el suelo, mi cuerpo se mueve a un ritmo hecho de meneos y saltos, como un salvaje, o un mono.

El que quiera darme órdenes puede hacerlo, pero morirá.

Tengo ganas de matar a un personaje de ésos que muestran en la tele su cara paternal de sinvergüenza exitoso, una persona de sangre engrosada por caviares y champañas. Come caviar / tu día va a llegar. Me deben una chava de veinte años, llena de dientes y perfume. ¿La chica del edificio de mármol? Entro y me está esperando, sentada en la sala, callada, inmóvil, el pelo muy negro, el rostro blanco, parece una foto.

Vámonos, le digo. Me pregunta si traigo coche. Le digo que no tengo. Ella tiene. Bajamos por el elevador de servicio y salimos por el garaje, subimos a un Puma convertible.

Después de un momento le pregunto si puedo manejar y cambiamos de lugar. ¿Petrópolis está bien?, pregunto. Subimos la sierra sin decir palabra, ella mirándome. Cuando llegamos a Petrópolis me pide que me detenga en un restaurante. Le digo que no tengo dinero ni hambre, pero ella tiene las dos cosas, come vorazmente como si en cualquier momento le fuesen a quitar el plato. En la mesa de junto un grupo de jóvenes bebiendo y hablando alto, jóvenes ejecutivos que llegan el viernes y beben antes de encontrase con la madame toda emperifollada para jugar cartas y hablar de la vida ajena mientras prueban quesos y vinos. Odio a los ejecutivos. Ella termina de comer. ¿Y ahora? Ahora vamos a volver, le digo, y bajamos por la sierra, yo manejando como un rayo, ella mirándome. Mi vida no tiene sentido, ya pensé en matarme, dice ella. Me detengo en la Visconde de Maranguape. ¿Aquí vives? Me bajo sin decir nada. Ella me sigue: ¿te volveré a ver?. Entro y mientras subo las escaleras escucho que el coche arranca.

Top Executive Club. Usted se merece el mejor descanso, con cariño y comprensión. Nuestras masajistas son expertas. Elegancia y discreción.

Anoto la dirección y voy al lugar, una casa en Ipanema. Espero a que aparezca, de traje gris, chaleco, maletín negro, zapatos lustrados, pelo teñido. Saco un papel del bolsillo, como alguien que busca una dirección, y sigo al tipo hasta el auto. Estos cabrones siempre cierran el coche con llave. Saben que el mundo está lleno de ladrones, como ellos, sólo que a ellos nadie los agarra; mientras abre el coche le pongo el revólver en la barriga. Dos hombres frente a frente conversando no llaman la atención. Poner el revólver en la espalda asusta más, pero eso sólo se debe hacer en sitios desiertos.

Tranquilo, o te disparo en tu barriga ejecutiva.

Tiene un aire petulante, y al mismo tiempo vulgar del arribista provinciano, deslumbrado por las columnas sociales, consumista, católico, cursillista, patriota, servil, los hijos estudiando en la PUC,* la mujer dedicada a la decoración de interiores y socia de una boutique.

Por ser ejecutivo, ¿la masajista te hizo una puñeta o te chupó el pito?

Eres hombre, tú sabes cómo son las cosas, dijo. Plática de ejecutivo con chofer de taxi o elevadorista. Piensa que ya ha enfrentado todas las situaciones de crisis.

Nada de hombre, digo suavemente, soy el Cobrador.

¡Soy el Cobrador!, grito.

Comienza a ponerse del color del traje. Piensa que estoy loco y nunca había enfrentado a un loco en su maldita oficina con aire acondicionado.

Vamos a tu casa, le digo.

No vivo aquí en Río, vivo en São Paulo, dice. Perdió el valor pero no la astucia. ¿Y el coche?, pregunto. ¿Coche, qué coche? ¿Este coche con la placa de Río? Tengo mujer y tres hijos, cambia el tema. ¿Qué es eso? ¿Una disculpa, código, habeas-corpus, salvoconducto? Le digo que se estacione. Puf, puf, puf, un tiro por cada hijo, en el pecho. El de la mujer en la cabeza, puf.

Para olvidar a la chica que vive en el edificio de mármol voy a jugar futbol a la cancha. Tres horas seguidas, mis piernas llenas de moretones por los golpes, el dedo gordo del pie derecho hinchado, tal vez roto. Me siento sudoroso al lado de la cancha, junto a un criollo que lee O Dia. El titular me interesa, le pido el periódico prestado, el tipo me dice ¿si quieres leerlo por qué no lo compras? No me enojo, el criollo tiene pocos dientes, dos o tres, chuecos y oscuros. Le digo bueno, no vamos a pelear por eso. Compro dos hot-dogs y dos cocas y le doy la mitad a él y él me pasa el periódico. El titular dice: “La Policía busca al loco de la Magnum”. Le devuelvo el periódico al criollo. No lo acepta, me sonríe mientras mastica con los dientes delanteros, mejor dicho, con las encías delanteras que de tanto usarlas están afiladas como navajas. Noticia del diario: Un grupo de distinguidos de la región sur en grandes preparativos para el tradicional Baile de Navidad, Primer Grito de Carnaval. El baile comienza el día 24 y termina el día 1º del Año Nuevo; vienen hacendados de Argentina, herederos de Alemania, artistas norteamericanos, ejecutivos japoneses, el parasitismo internacional. La Navidad realmente se convirtió en una fiesta. Tragos, diversión, orgía, holgazanería.

El Primer Grito de Carnaval. Sólo sonrío. Estos tipos sí que son graciosos. Un loco saltó del puente Río Niteroi y flotó durante doce horas hasta que una lancha de Salvamar lo encontró. Ni siquiera se resfrió.

Un incendio en un asilo mató a cuarenta viejos, las familias lo celebrarán.

Acabo de ponerle una inyección de trinevral a doña Clotilde cuando tocan el timbre. Nunca tocan el timbre de la casa. Yo hago las compras, ordeno la casa. Doña Clotilde no tiene parientes. Miro desde el balcón. Es Ana Palindrómica.

Conversamos en la calle. ¿Estás huyendo de mí?, pregunta.

Más o menos, le digo. Subo con ella al segundo piso. Doña Clotilde, estoy con una muchacha, ¿la puedo llevar al cuarto? Hijo, la casa es tuya, haz lo que quieras, sólo quiero ver a la muchacha.

Nos paramos al lado de la cama. Doña Clotilde mira a Ana durante una eternidad. Se le llenan los ojos de lágrimas. Yo rezaba todas las noches, solloza, todas las noches para que encontraras una muchacha como ella. Levanta los delgados brazos cubiertos de piel flácida hacia lo alto, junta las manos y dice, ¡Oh, Dios mío, cuánto te lo agradezco!

Estamos en mi cuarto, de pie, ceja contra ceja, como en el poema, le quito la ropa y ella a mí y su cuerpo es tan lindo que siento un nudo en la garganta, lágrimas en mi rostro, ojos ardiendo, me tiemblan las manos y ahora estamos acostados, uno sobre el otro, enlazados, gimiendo, y más, y más, sin parar, ella grita, la boca abierta, los dientes blancos como los de un elefante joven, ¡ay, ay, me encanta tu ansiedad!, grita. Agua y sal y semen salen de nuestros cuerpos sin parar.

Ahora, mucho tiempo después, acostados mirándonos hipnotizados hasta que anochece y nuestros rostros brillan en la oscuridad y el perfume de su cuerpo traspasa las paredes del cuarto.

Ana despertó primero que yo y la luz está prendida. ¿Sólo tienes libros de poesía? ¿Y para qué son todas estas armas? Saca la Magnum del ropero, carne blanca y acero negro, me apunta. Me siento en la cama.

¿Quieres disparar?, dispara, la vieja no va a oír. Un poco más arriba. Con la punta del dedo alzo el cañón a la altura de mi frente. Aquí no duele.

¿Has matado a alguien? Ana apunta el arma a mi frente.

Sí.

¿Y te gustó?

Sí.

¿Cómo?

Sentí un alivio.

¿Como nosotros en la cama?

No, no, es otra cosa. Lo contrario de eso.

No te tengo miedo, dice Ana.

Ni yo a ti. Te amo.

Conversamos hasta el amanecer. Siento una especie de fiebre. Preparo café para doña Clotilde y se lo llevo a la cama. Voy a salir con Ana, digo. Dios escuchó mis oraciones, dice la vieja entre sorbo y sorbo.

Hoy es 24 de diciembre, día del Baile de Navidad o Primer Grito de Carnaval. Ana Palindrómica huyó de su casa y está viviendo conmigo. Mi odio ahora es diferente. Tengo una misión. Siempre he tenido una misión y no lo sabía. Ahora lo sé. Ana me ayudó a comprender. Sé que si todos los jodidos hicieran lo que yo el mundo sería más justo. Ana me enseñó a usar explosivos y creo que ya estoy preparado para ese cambio de escala. Matar uno por uno es algo místico y ya me liberé de eso. En el Baile de Navidad mataremos convencio-nalmente a los que podamos. Será mi último gesto romántico inconsecuente. Para empezar escogimos a los compradores asquerosos de un supermercado de la zona sur. Los mataremos con una bomba de alto poder explosivo. Adiós, machete, adiós, puñal, mi rifle, mi Colt Cobra, adiós, mi Magnum, hoy será el último día que los use. Beso mi machete. Voy a volar gente, tendré prestigio, ya no seré sólo el loco de la Magnum. Tampoco saldré más por el parque de Flamengo mirando los árboles, los troncos, la raíz, las hojas, escogiendo el árbol que quisiera tener, que siempre quise tener, un pedazo de tierra. Yo los vi crecer en el parque y me alegraba cuando llovía y la tierra se empapaba, las hojas lavadas por la lluvia, el viento meciendo las ramas mientras los coches de los canallas pasaban velozmente sin mirar a los lados. Ya no pierdo el tiempo con sueños.

El mundo entero sabrá quién eres, quiénes somos, dice Ana.

Noticia: El gobernador se va a disfrazar de Santa Claus. Noticia: Menos festejos y más meditación, vamos a purificar el corazón. Noticia: No faltará cerveza. No faltarán pavos. Noticia: Los festejos navideños causarán este año más víctimas de tráfico y de agresiones que los años anteriores. Policía y hospitales se preparan para las celebraciones de Navidad. El cardenal en la televisión: la fiesta de Navidad ha sido distorsionada, éste no es su sentido, eso de Santa Claus es un invento infeliz. El cardenal afirma que Santa Claus es un payaso ficticio.

La víspera de Navidad es un buen día para que esa gente pague lo que debe, dice Ana. Al Santa Claus del baile lo quiero matar yo mismo con el machete, digo. , no buscaba un resultado práctico, mi odio se estaba desperdiciando. Estaba seguro de mis impulsos, mi error era no saber quién era el enemigo y por qué era enemigo. Ahora lo sé, Ana me lo enseñó. Y otros deben seguir mi ejemplo, muchos otros, sólo así cambiaremos el mundo. Ésa es la síntesis de nuestro manifiesto.

Meto las armas en una maleta. Ana dispara tan bien como yo, no sabe manejar el machete, pero esa arma ahora es obsoleta. Nos despedimos de doña Clotilde. Ponemos la maleta en el auto. Vamos al Baile de Navidad. No faltará cerveza ni pavo. Ni sangre. Se cierra un ciclo de mi vida.

Le leo a Ana lo que escribí, nuestro manifiesto de Navidad para los periódicos. Nada de salir matando a diestra y siniestra, sin objetivo definido. Yo no sabía lo que quería y se abre otro.


 
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El Cobrador
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